Cuentarretazos

El Borrador - Episodio 1.

La tierra de las calles era blanquecina, como si alguien la hubiera espolvoreado con harina y luego la hubiera olvidado bajo el sol. Nada en ella llamaba la atención. Eran calles como cualquier otra, de esas que uno recorre sin mirar, anchas en unos tramos, estrechas en otros, con los bordes gastados por el paso de pies descalzos. Todas, sin embargo, parecían inclinarse hacia el mismo punto. Al fondo, la construcción. No estaba terminada, y quizá por eso imponía más. Subía en cuerpos escalonados, cada uno con su rampa inclinada y su tablero recto encima, un ritmo que no terminaba de parecer de allí, como una palabra extranjera pronunciada con acento local. Los andamios de madera la abrazaban por un costado. Arriba, figuras diminutas se movían con cargas a la espalda. Nadie antes se había atrevido a levantar algo así con esos materiales; bastaba verla para saber que aquello iba a quedarse, que el tiempo iba a tener que pasar alrededor de ella y no a través. Por una de esas calles caminaban tres. El que iba adelante se detenía cada tantos pasos. Se agachaba, raspaba el suelo con una herramienta pequeña, dejaba caer el polvo en un recipiente y lo cerraba con un cuidado que no correspondía a la tierra. Luego se incorporaba y hablaba. Hablaba sin prisa, señalando el suelo, la dirección del viento, las zanjas por donde el agua se escurría cuando llovía. Los otros dos lo escuchaban como se escucha a un guía en una ciudad que no es la propia: asintiendo, mirando alrededor, sin tocar nada. —Aquí el suelo cambia —dijo, y volvió a agacharse—. ¿Lo ven? Más claro. Más fino. Esto no es de aquí; lo trajeron. Uno de los visitantes se acercó. Tenía la ropa demasiado limpia para aquella calle. El otro se quedó un paso atrás, con las manos juntas, observando la construcción como si quisiera memorizarla. A su alrededor pasaba la gente. O algo que parecía gente. Figuras que iban y venían, que cargaban bultos, que se cruzaban, que se detenían en grupos. Pero ninguna terminaba de tener rostro. Eran contornos que temblaban, siluetas lavadas, como vistas a través de un vidrio empañado o de agua en movimiento. Uno intentaba fijar la mirada en alguna y la figura se deshacía, no porque desapareciera, sino porque nunca había estado del todo enfocada. Pasaban junto a los tres sin rozarlos, y a veces a través de ellos, sin que nadie pareciera notarlo. Había también un murmullo. Al principio era solo eso, un rumor parejo, el sonido de un lugar habitado. Pero si uno prestaba atención, del murmullo se desprendían voces. Una risa corta. Alguien que llamaba a otro. Frases que empezaban y no terminaban, palabras en una lengua que sonaba antigua y cercana a la vez, como si uno la hubiera oído en la infancia sin llegar a entenderla. Una mujer, o la sombra de una mujer, dijo algo con tono de queja y siguió de largo. Un hombre pasó apurando a alguien, y la palabra salió rápida, dos veces, casi pegada a sí misma: —Chanin, chanin. El visitante de las manos juntas giró la cabeza. La reconoció. No la había entendido; la había reconocido, que es distinto. Era una palabra que había oído toda su vida, dicha con esa misma prisa, en calles que no se parecían en nada a estas. Buscó al hombre entre el murmullo, pero ya no era más que un contorno que se alejaba, igual a todos los demás. —No les presten atención —dijo el que tomaba las muestras, sin levantar la vista—. No es a ellos a quienes vinimos a ver. El visitante de las manos juntas no obedeció del todo. Se quedó mirando una figura pequeña, apenas un borrón a la altura de su cintura, que se había detenido en medio de la calle. Todo lo demás seguía moviéndose; la figura no. Parecía, aunque era imposible saberlo, que lo estaba mirando a él. Luego alguien, desde algún lugar del murmullo, la llamó, y el borrón se fue corriendo hacia la construcción. El que tomaba las muestras cerró otro recipiente, lo guardó con los demás y se sacudió las rodillas, aunque no había polvo en ellas. —Vamos más cerca —dijo—. Lo que buscamos está donde terminan las calles. Y los tres siguieron caminando hacia la gran obra, entre fantasmas que no los veían, o que tal vez sí.

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